contó Pedro a Juan, una mañana después de las prácticas de Velocidad
Avanzada-, entonces lo que ocurre contigo es que estás mil años por delante de tu
tiempo.
Juan suspiró.
Este es el precio de ser mal comprendido, pensó.
Te llaman diablo o te llaman dios.
-¿Qué piensas tú, Pedro? ¿Nos hemos anticipado a nuestro tiempo? Un largo
silencio.
-Bueno, esta manera de volar siempre ha estado al alcance de quien quisiera
aprender a descubrirla; y esto nada tiene que ver con el tiempo.
A lo mejor nos hemos anticipado a la moda; a la manera de volar de la
mayoría de las gaviotas.
-Eso ya es algo -dijo Juan, girando para planear invertidamente por un rato.
Eso es algo mejor que aquello de anticiparnos a nuestro tiempo.
Ocurrió justo una semana más tarde.
Pedro se hallaba explicando los principios del vuelo a alta velocidad a una
clase de nuevos alumnos.
Acababa de salir de su picado desde cuatro mil metros -una verdadera estela
gris disparada a pocos centímetros de la playa -, cuando un pajarito en su primer
vuelo planeó justamente en su camino, llamando a su madre.
En una décima de segundo, y para evitar al joven, Pedro Pablo Gaviota giró
violentamente a la izquierda, y a mas de trescientos kilómetros por hora fue a
estrellarse contra una roca de sólido granito.
Fue para él como si la roca hubiese sido una dura y gigantesca puerta hacia
otros mundos.
Una avalancha de miedo y de espanto y de tinieblas se le echó encima junto
con el golpe, y luego se sintió flotar en un cielo extraño, extraño, olvidando,
recordando, olvidando; temeroso y triste y arrepentido; terriblemente arrepentido.
La voz le llegó como en aquel primer día en que había conocido a Juan
Salvador Gaviota.
-El problema, Pedro, consiste en que debemos intentar la superación de

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