aleteo, desde la arena hasta las nubes y abajo otra vez.
Lo mismo le ocurrió a Carlos Rolando Gaviota, quien voló sobre el Gran
Viento de la Montana a ocho mil doscientos metros de altura y volvió, maravillado
y feliz y azul de frío, y decidido a llegar aún más alto al otro día.
Pedro Gaviota, que amaba como nadie las acrobacias, logró superar su caida
"en hoja muerta", de dieciséis puntos, y al día siguiente, con sus plumas
refulgentes de soleada blancura, llegó a su culminación ejecutando un tonel triple
que fue observado por más de un ojo furtivo.
A toda hora Juan es taba allí junto a sus alumnos, enseñando, sugiriendo,
presionando, guiando.
Voló con ellos contra noche y nube y tormenta, por el puro gozo de volar,
mientras la Bandada se apelotonoba miserablemente en tierra.
Terminado el vuelo, los alumnos descansaban en la playa y llegado el
momento escuchaban de cerca a Juan.
Tenía él ciertas ideas locas que no llegaban a entender, pero también las
tenía buenas y comprensibles.
Poco a poco, por la noche, se formó otro círculo alrededor de los alumnos; un
círculo de curiosos que escuchaban allí, en la oscuridad, hora tras hora, sin deseo
de ver ni de ser vistos, y que desaparecían antes del amanecer.
Un mes después del Retorno, la primera gaviota de la Bandada cruzó la línea
y pidió que se le enseñara a volar.
Al preguntar, Terrence Lowell Gaviota se convirtió en un pájaro condenado,
marcado por el Exilio y octavo alumno de Juan.
La próxima noche vino de la Bandada Esteban Lorenzo Gaviota, vacilante por
la arena, arrastrando su ala izquierda hasta desplomarse a los pies de Juan.
-Ayúdame -dijo apenas, hablando como los que van a morir-.
Más que nada en el mundo, quiero volar... -Ven entonces -dijo Juan-.
Subamos, dejemos atras la tierra y empecemos.
-No me entiendes.
Mi ala.
No puedo mover mi ala.

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