Entonces la formación entera giró lentamente hacia la derecha, como si fuese
un solo pájaro... de horizontal... a... invertido... a... horizontal, con el viento
rugiendo sobre sus cuerpos.
Los graznidos y trinos de la cotidiana vida de la Bandada se cortaron como si
la formación hubiese sido un gigantesco cuchillo, y ocho mil ojos de gaviota les
observaron, sin un solo parpadeo.
Uno tras otro, cada uno de los ocho pájaros ascendió agudamente hasta
completar un rizo y luego realizó un amplio giro que terminó en un estático
aterrizaje sobre la arena.
Entonces, como si este tipo de cosas ocurriera todos los días, Juan Gaviota
dio comienzo a su crítica de vuelo.
-Para comenzar -dijo, con un sonrisa seca-, llegasteis todos un poco tarde al
momento de juntaros... Un relámpago atravesó a la Bandada.
¡Esos pájaros son Exilados! ¡Y han vuelto! ¡Y eso... eso no puede ser! Las
predicciones de Pedro acerca de un combate se desvanecieron ante la confusión
de la Bandada.
-Bueno, de acuerdo: son Exilados -dijeron algunos de los jóvenes -, pero,
oye, ¿dónde aprendieron a volar asi? Pasó casi una hora antes de que la Palabra
del Mayor lograra repartirse por la Bandada: Ignoradlos.
Quien hable a un Exilado será también un Exilado.
Quien mire a un Exilado viola la Ley de la Bandada.
Espaldas y espaldas de grises plumas rodearon desde ese momento a Juan,
quien no dio muestras de darse por aludido.
Organizó sus sesiones de prácticas exactamente encima de la Playa del
Consejo, y, por primera vez, forzó a sus alumnos hasta el límite de sus
habilidades.
-¡Martín Gaviota -gritó en pleno vuelo-, dices conocer el vuelo lento! Pruébalo
primero y alardea después! ¡VUELA! Y de esta manera, nuestro callado y pequeño
Martín Alonso Gaviota, paralizado al verse el blanco de los disparos de su
instructor, se sorpendió a sí mismo al convertirse en un mago del vuelo lento.
En la más ligera brisa, llegó a curvar sus plumas hasta elevarse sin el menor

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