Les gustaba practicar porque era rápido y excitante y les satisfacía esa
hambre por aprender que crecía con cada lección.
Pero ni uno de ellos, ni siquiera Pedro Pablo Gaviota, había llegado a creer
que el vuelo de las ideas podía ser tan real como el vuelo del viento y las plumas.
-Tu cuerpo entero, de extremo a extremo del ala -diría Juan en otras
ocasiones-, no es más que tu propio pensamiento, en una forma que puedes ver.
Rompe las cadenas de tu pensamiento, y romperás también las cadenas de
tu cuerpo.
-Pero dijéralo como lo dijera, siempre sonaba como una agradable f icción, y
ellos necesitaban más que nada dormir.
Había pasado un mes tan sólo cuando Juan dijo que había llegado la hora de
volver a la Bandada.
-¡No estamos preparados! -dijo Enrique Calvino Gaviota-.
¡Ni seremos bienvenidos! ¡Somos Exilados! No podemos meternos donde no
seremos bienvenidos, ¿verdad? -Somos libres de ir donde queramos y de ser lo
que somos -contestó Juan, y se elevó de la arena y giró hacia el Este, hacia el
país de la Bandada.
Hubo una breve angustia entre sus alumnos, puesto que es Ley de la
Bandada que un Exilado nunca retorne, y no se había violado la Ley ni una sola
vez en diez mil años.
La Ley decía quédate, Juan decía partid; y ya volaba a un kilómetro mar
adentro.
Si seguían allí esperando, él encararía por si solo a la hostil Bandada.
-Bueno, no tenemos por qué obedecer la Ley si no formamos parte de la
Bandada, ¿verdad? -dijo Pedro, algo turbado-.
Además, si hay una pelea, es allá donde se nos necesita.
Y así ocurrió que, aquella mañana, aparecieron desde el Oeste ocho de ellos
en formación de doble-diamante, casi tocándose los extremos de las alas.
Sobrevolaron la Playa del Consejo de la Bandada a doscientos cinco
kilómetros por hora, Juan a la cabeza, Pedro volando con suavidad a su ala
derecha, Enrique Calvino luchando valientemente a su izquierda.

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