Más que nada en el mundo, Juan Salvador Gaviota amaba volar.
Este modo de pensar, descubrió, no es la manera con que uno se hace
popular entre los demás pájaros.
Hasta sus padres se desilusionaron al ver a Juan pasarse días enteros, solo,
haciendo cientos de planeos a baja altura, experimentando.
No comprendía por qué, por ejemplo, cuando volaba sobre el agua a alturas
inferiores a la mitad de la envergadura de sus alas, podía quedarse en el aire más
tiempo, con menos esfuerzo; y sus planeos no terminaban con el normal chapuzón
al tocar sus patas en el mar, sino que dejaba tras de sí una estela plana y larga al
rozar la superficie con sus patas plegadas en aerodinámico gesto contra su
cuerpo.
Pero fue al empezar sus aterrizajes de patas recogidas -que luego revisaba
paso a paso sobre la playa - que sus padres se desanimaron aún más.
-¿Por qué, Juan, por qué? -preguntaba su madre-.
¿Por qué te resulta tan difícil ser como el resto de la Bandada, Juan? ¿Por
qué no dejas los vuelos rasantes a los pelícanos y a los albatros? ¿Por qué no
comes? ¡Hijo, ya no eres más que hueso y plumas! -No me importa ser hueso y
plumas, mamá.
Sólo pretendo saber qué puedo hacer en el aire y qué no.
Nada más.
Sólo deseo saberlo.
-Mira, Juan -dijo su padre, con cierta ternura-.
El invierno está cerca.
Habrá pocos barcos, y los peces de superficie se habrán ido a las
profundidades.
Si quieres estudiar, estudia sobre la comida y cómo conseguirla.
Esto de volar es muy bonito, pero no puedes comerte un planeo, ¿sabes? No
olvides que la razón de volar es comer.
Juan asintió obedientemente.
Durante los días sucesivos, intentó comportarse como las demás gaviotas; lo
intentó de verdad, trinando y batiéndose con la Bandada cerca del muelle y los

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