se decía, iba pronto a trasladarse más allá de este mundo.
-Chiang... -dijo, un poco nervioso.
La vieja gaviota le miró tiernamente.
-¿Si, hijo mío? En lugar de perder la fuerza con la edad, el Mayor la había
aumentado; podía volar más y mejor que cualquier gaviota de la Bandada, y había
aprendido habilidades que las otras sólo empezaban a conocer.
-Chiang, este mundo no es el verdadero cielo, ¿verdad? El Mayor sonrió a la
luz de la Luna.
-Veo que sigues aprendiendo, Juan -dijo.
-Bueno, ¿qué pasará ahora? ¿A dónde iremos? ¿Es que no hay un lugar que
sea como el cielo? -No, Juan, no hay tal lugar.
El cielo no es un lugar, ni un tiempo.
El cielo consiste en ser perfecto.
-Se quedó callado un momento-.
Eres muy rápido para volar, ¿verdad? -Me... me encanta la velocidad -dijo
Juan, sorprendido, pero orgulloso de que el Mayor se hubiese dado cuenta.
-Empezarás a palpar el cielo, Juan, en el momento en que palpes la perfecta
velocidad.
Y esto no es volar a mil kilómetros por hora, ni a un millón, ni a la velocidad
de la luz.
Porque cualquier número es ya un límite, y la perfección no tiene límites.
La perfecta velocidad, hijo mío, es estar alli.
Sin aviso, y en un abrir y cerrar de ojos, Chiang desapareció y apareció al
borde del agua, veinte metros más allá.
Entonces desapareció de nuevo y volvió en una milésima de segundo, junto
al hombro de Juan.
-Es bastante divertido -dijo.
Juan estaba maravillado.
Se olvidó de preguntar por el cielo.
-¿Cómo lo haces? ¿Qué se siente al hacerlo? ¿A qué distancia puedes
llegar? -Puedes ir al lugar y al tiempo que desees -dijo el Mayor-.

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