-Rafael movió su cabeza afirmativamente-.
La única respuesta que puedo dar, Juan, es que tú eres una gaviota en un
millón.
La mayoría de nosotros progresamos con mucha lentitud.
Pasamos de un mundo a otro casi exactamente igual, olvidando en seguida
de donde habíamos venido, sin preocuparnos hacia donde íbamos, viviendo solo
el momento presente.
¿Tienes idea de cuántas vidas debimos cruzar antes de que lográramos la
primera idea de que hay mas en la vida que comer, luchar.
o alcanzar poder en la Bandada? ¡Mil vidas, Juan, diez mil! Y luego cien vidas
más hasta que empezamos a aprender que hay algo llamado perfección, y otras
cien para comprender que la meta de la vida es encontrar esa perfección y
reflejarla.
La misma norma se aplica ahora a nosotros, por supuesto: elegimos nuestro
mundo venidero mediante lo que hemos aprendido de éste.
No aprendas nada, y el próximo será igual que éste, con las mismas
limitaciones y pesos de plomo que superar.
Extendió sus alas y volvió su cara al viento.
-Pero tú, Juan -dijo-, aprendiste tanto de una vez que no has tenido que pasar
por mil vidas para llegar a esta.
En un momento estaban otra vez en el aire, practicando.
Era difícil mantener la formación cuando giraban para volar en posición
invertida, puesto que entonces Juan tenía que ordenar inversamente su
pensamiento, cambiando la curvatura, y cambiándola en exacta armonía con la de
su instructor.
-Intentemos de nuevo -decía Rafael una y otra vez-: Intentemos de nuevo.
-Y por fin-: Bien.
-Y entonces empezaron a practicar los rizos exteriores.
Una noche, las gaviotas que no estaban practicando vuelos nocturnos se
quedaron de pie sobre la arena, pensando.
Juan echó mano de todo su coraje y se acercó a la Gaviota Mayor, de quien,

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