Había sido un gran día para él, un día cuyo amanecer ya no recordaba.
Giró para aterrizar en la playa, batiendo sus alas hasta pararse un instante en
el aire, y luego descendió ligeramente sobre la arena.
Las otras gaviotas aterrizaron tambien, pero ninguna movió ni una pluma.
Volaron contra el viento, extendidas sus brillantes alas, y luego, sin que
supiera él cómo, cambiaron la curvatura de sus plumas hasta detenerse en el
mismo instante en que sus pies tocaron tierra.
Había sido una hermosa muestra de control, pero Juan estaba ahora
demasiado cansado para intentarlo.
De pie, allí en la playa, sin que aún se hubiera pronunciado ni una sola
palabra, se durmió.
Durante los proximos días vió Juan que había aquí tanto que aprender sobre
el vuelo como en la vida que había dejado.
Pero con una diferencia.
Aqui había gaviotas que pensaban como él.
Ya que para cada una de ellas lo más importante de sus vidas era alcanzar y
palpar la perfección de lo que más amaban hacer: volar.
Eran pájaros magníficos, todos ellos, y pasaban hora tras hora cada día
ejercitándose en volar, ensayando aeronáutica avanzada.
Durante largo tiempo Juan se olvidó del mundo de donde había venido, ese
lugar donde la Bandada vivía con los ojos bien cerrados al gozo de volar,
empleando sus alas como medios para encontrar y luchar por la comida.
Pero de cuando en cuando, sólo por un momento, lo recordaba.
Se acordó de ello una mañana cuando estaba con su instructor mientras
descansaba en la playa después de una sesión de toneles con ala plegada.
-¿Dónde están los demás, Rafael? -preguntó en silencio, ya bien
acostumbrado a la cómoda telepatía que estas gaviotas empleaban en lugar de
graznidos y trinos-.
¿Por qué no hay más de nosotros aquí? De donde vengo había... -... miles y
miles de gaviotas.
Lo sé.

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