¡Vaya, pero si con la mitad del esfuerzo, pensó, obtengo el doble de
velocidad, el doble de rendimiento que en mis mejores dias en la Tierra! Brillaban
sus plumas, ahora de un blanco resplandeciente, y sus alas eran lisas y perfectas
como láminas de plata pulida.
Empezó, gozoso, a familiarizarse con ellas, a imprimir potencia en estas
nuevas alas.
A trescientos cincuenta kilómetros por hora le pareció que estaba logrando su
máxima velocidad en vuelo horizontal.
A cuatrocientos diez pensó que estaba volando al tope de su capacidad, y se
sintió ligeramente desilusionado.
Había un límite a lo que podía hacer con su nuevo cuerpo, y aunque iba
mucho más rápido que en su antigua marca de vuelo horizontal, era sin embargo
un límite que le costaría mucho esfuerzo mejorar.
En el cielo, pensó, no debería haber limitaciones.
De pronto se separaron las nubes y sus compañeros gritaron: -Feliz
aterrizaje, Juan -y desaparecieron sin dejar rastro.
Volaba encima de un mar, hacia un mellado litoral.
Una que otra gaviota se afanaba en los remolinos entre los acantilados.
Lejos, hacia el Norte, en el horizonte mismo, volaban unas cuantas mas.
Nuevos horizontes, nuevos pensamientos, nuevas preguntas.
¿Por qué tan pocas gaviotas? ¡El paraíso debería estar lleno de gaviotas! ¿Y
por qué estoy tan cansado de pronto? Era de suponer que las gaviotas en el cielo
no deberían cansarse, ni dormir.
¿Dónde había oído eso? El recuerdo de su vida en la Tierra se le estaba
haciendo borroso.
La Tierra había sido un lugar donde había aprendido mucho, por supuesto,
pero los detalles se le hacían ya nebulosos; recordaba algo de la lucha por la
comida, y de haber sido un Exilado.
La docena de gaviotas que estaba cerca de la playa vino a saludarle sin que
ni una dijera una palabra.
Sólo sintió que se le daba la bienvenida y que esta era su casa.

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