bien, conviene que asista a oír la conversación alguien más que su
madre, que naturalmente le ha de ser parcial, como a todas sucede.
Quedaos a Dios, yo volveré a veros antes que os recojáis para deciros lo
que haya pasado.

CLAUDIO.- Gracias, querido Polonio.




Escena XXII



CLAUDIO solo



(125)
CLAUDIO.- ¡Oh! ¡Mi culpa es atroz! Su hedor sube al cielo,
llevando consigo la maldición más terrible, la muerte de un hermano.
No puedo recogerme a orar, por más que eficazmente lo procuro, que es
más fuerte que mi voluntad el delito que la destruye. Como el hombre a
quien dos obligaciones llaman, me detengo a considerar por cual
empezaré primero, y no cumpla ninguna... Pero, si este brazo execrable
estuviese aún más teñido en la sangre fraterna, ¿faltará en los Cielos
piadosos suficiente lluvia para volverle cándido como la nieve misma?
¿De qué sirve la misericordia, si se niega a ver el rostro del pecado?
¿Qué hay en la oración sino aquella duplicada fuerza, capaz de
sostenernos al ir a caer, o de adquirirnos el perdón habiendo caído? Sí,
alzaré mis ojos al cielo, y quedará borrada mi culpa. Pero, ¿qué género
de oración habré de usar? Olvida, señor, olvida el horrible homicidio
que cometí... ¡Ah! Que será imposible, mientras vivo poseyendo los
objetos que me determinaron a la maldad: mi ambición, mi corona, mi
esposa... ¿Podrá merecerse el perdón cuando la ofensa existe? En este
mundo estragado sucede con frecuencia que la mano delincuente,
derramando el oro, aleja la justicia, y corrompe con dádivas la
integridad de las leyes; no así en el cielo, que allí no hay engaños, allí
comparecen las acciones humanas como ellas son, y nos vemos
compelidos a manifestar nuestras faltas todas, sin excusa, sin rebozo
alguno... En fin, en fin, ¿qué debo hacer?... Probemos lo que puede el

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