ferocidad. La nueva aurora de las letras, que había comenzado a ilustrar
a Italia mucho tiempo antes, no había llegado aún a los remotos
Britanos, separados del orbe. Las grandes revoluciones que había
sufrido aquella nación, el choque obstinado de opiniones y dogmas
religiosos que por largo tiempo la agitaron, el establecimiento de una
nueva creencia, la necesidad de resistir con la política y las armas a sus
enemigos exteriores, mientras en lo interior duraban mal extinguidas las
centellas de discordia civil, fueron causas capaces de retardar en aquel
país los progresos de la ilustración, y por consiguiente los del teatro.

Pueden reducirse a tres clases las piezas que entonces se
representaban en Inglaterra: Misterios, Moralidades y Farsas. Los
Misterios no eran otra cosa que unos dramas donde se ponía en acción
los hechos del Viejo y Nuevo Testamento, y aún se conservan en el
Museo Británico los que se dice fueron representados en el año de 1600
intitulados: La caída de Luzbel, La Creación del Mundo, El Diluvio, La
Adoración de los Reyes, La Degollación de los inocentes, La Cena, La
Pasión, El Antechristo, El Juicio final y otros por el mismo gusto. En
estas composiciones se veía una mezcla informe de sagrado y profano,
en que se anunciaban las verdades de la Religión, entre puerilidades
ridículas e indecentes que podrían llamarse escandalosas y sacrílegas; si
la buena fe de sus autores y la ignorante sencillez del auditorio, no
fueran suficiente disculpa de tales desaciertos. En las Moralidades se
agitaban cuestiones políticas y dogmáticas, se ridiculizaba la Iglesia
Católica y se aplaudía (como es de creer) la nueva reforma. La falta de
invención y artificio de tales obras era sin diferencia alguna como en los
Misterios, con la única variedad de que en las Moralidades la fábula y
los personajes eran alegóricos: la Virtud, la Superstición, los Cinco
sentidos, la Fidelidad, el Valor, las Promesas de Dios, el Amor profano,
la Conciencia, la Simonía, tales eran los entes metafísicos que hacían
papel en estos dramas extravagantes. Las Farsas, composiciones
desatinadas, obscenas, atrevidas, perjudiciales a las buenas costumbres y
al honor de muchos particulares que ridiculizaban con escandalosa
libertad, eran, no obstante, las que más se acercaban a la Tragedia y la
Comedia; por cuanto en ellas, o se trataban hechos históricos, o se
pintaban caracteres y costumbres, imitadas, aunque mal, de la vida civil.

Estas eran las piezas que durante el siglo XVI se representaban en
Londres, siendo actores de muchas de ellas los músicos de la Capilla
Real, los Coristas de S. Pablo, los Frailes de S. Francisco, y los Curas y
Clerecía de las Parroquias; y tal fue el estado en que Shakespeare halló

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