cosa me parece que una desagradable y pestífera multitud de vapores.
¡Que admirable fábrica es la del hombre! ¡Qué noble su razón! ¡Qué
infinitas sus facultades! ¡Qué expresivo y maravilloso en su forma y sus
movimientos! ¡Qué semejante a un ángel en sus acciones! Y en su
espíritu, ¡qué semejante a Dios! Él es sin duda lo más hermoso de la
tierra, el más perfecto de todos los animales. Pues, no obstante, ¿qué
juzgáis que es en mi estimación ese purificado polvo? El hombre no me
deleita... ni menos la mujer... bien que ya veo en vuestra sonrisa que
aprobáis mi opinión.

RICARDO.- En verdad, señor, que no habéis acertado mis ideas.

HAMLET.- Pues ¿por qué te reías cuando dije que no me deleita el
hombre?

RICARDO.- Me reí al considerar, puesto que los hombres no os
deleitan, qué comidas de Cuaresma daréis a los Cómicos que hemos
hallado en el camino, y están ahí deseando emplearse en servicio
vuestro.
HAMLET.- El que hace de Rey sea muy bien venido, Su Majestad
recibirá mis obsequios como es de razón, el arrojado caballero sacará a
lucir su espada y su broquel, el enamorado no suspirará de balde, el que
hace de loco acabará su papel en paz, el patán dará aquellas risotadas
con que sacude los pulmones áridos, y la dama expresará libremente su
pasión o las interrupciones del verso hablarán por ella. Y ¿qué Cómicos
son?

RICARDO.- Los que más os agradan regularmente. La compañía
trágica de nuestra ciudad.
HAMLET.- ¿Y por qué andan vagando así? ¿No les sería mejor para
su reputación y sus intereses establecerse en alguna parte?
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RICARDO.- Creo que los últimos reglamentos se lo prohíben.
HAMLET.- ¿Son hoy tan bien recibidos como cuando yo estuve en
la ciudad? ¿Acude siempre el mismo concurso?
RICARDO.- No, señor, no por cierto.

HAMLET.- ¿Y en qué consiste? ¿Se han echado a perder?

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