silencioso y mudo, mirándolo con indiferencia? ¿Qué hubierais pensado
de mí? No, señor; yo he ido en derechura al asunto, y le dije a la niña ni
más ni menos. Hija, el señor Hamlet es un Príncipe muy superior a tu
esfera... Esto no debe pasar adelante. Y después, le mandé que se
encerrase en su estancia sin admitir recados, ni recibir presentes. Ella ha
sabido aprovecharse de mis preceptos, y el Príncipe... (para abreviar la
historia) al verse desdeñado, comenzó a padecer melancolías, después
inapetencia, después vigilias, después debilidad, después aturdimiento y
después (por una graduación natural) la locura que le saca fuera de sí, y
que todos nosotros lloramos.

CLAUDIO.- ¿Creéis, señora, que esto haya pasado así?

GERTRUDIS.- Me parece bastante probable.

POLONIO.- ¿Ha sucedido alguna vez..., tendría gusto de saberlo...?
¿Que yo haya dicho positivamente: esto hay, y que haya resultado lo
contrario?

CLAUDIO.- No se me acuerda.
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POLONIO.- Pues, separadme ésta de éste, si otra cosa hubiere
en el asunto... ¡Ah! Por poco que las circunstancias me ayuden, yo
descubriré la verdad donde quiera que se oculte; aunque el centro de la
tierra la sepultara.

CLAUDIO.- ¿Y cómo te parece que pudiéramos hacer nuevas
indagaciones?
POLONIO.- Bien sabéis que el Príncipe suele pasearse algunas
veces por esa galería cuatro horas enteras.
GERTRUDIS.- Es verdad, así suele hacerlo.

POLONIO.- Pues, cuando él venga, yo haré que mi hija le salga al
paso. Vos y yo nos ocultaremos detrás de los tapices, para observar lo
que hace al verla. Si él no la ama y no es esta la causa de haber perdido
el juicio, despedidme de vuestro lado y de vuestra corte y enviadme a
una alquería a guiar un arado.

CLAUDIO.- Sí, yo lo quiero averiguar.

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