POLONIO.- Y bien, Ofelia, ¿qué hay de nuevo?
OFELIA.- ¡Ay! ¡Señor, que he tenido un susto muy grande!

POLONIO.- ¿Con qué motivo? Por Dios que me lo digas.
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OFELIA.- Yo estaba haciendo labor en mi cuarto, cuando el
Príncipe Hamlet, la ropa desceñida, sin sombrero en la cabeza, sucias
las medias, sin atar, caídas hasta los pies, pálido como su camisa, las
piernas trémulas, el semblante triste como si hubiera salido del infierno
para anunciar horror... Se presenta delante de mí.

POLONIO.- Loco, sin duda, por tus amores, ¿eh?
OFELIA.- Yo, señor, no lo sé; pero en verdad lo temo.

POLONIO.- ¿Y qué te dijo?

OFELIA.- Me asió una mano, y me la apretó fuertemente. Apartose
después a la distancia de su brazo, y poniendo, así, la otra mano sobre
su frente, fijó la vista en mi rostro recorriéndolo con atención como si
hubiese de retratarle. De este modo permaneció largo rato; hasta que
por último, sacudiéndome ligeramente el brazo, y moviendo tres veces
la cabeza abajo y arriba, exhaló un suspiro tan profundo y triste, que
pareció deshacérsele en pedazos el cuerpo, y dar fin a su vida. Hecho
esto, me dejó, y levantada la cabeza comenzó a andar, sin valerse de los
ojos para hallar el camino; salió de la puerta sin verla, y al pasar por
ella, fijó la vista en mí.

POLONIO.- Ven conmigo, quiero ver al Rey. Ese es un verdadero
éxtasis de amor que siempre fatal a sí mismo, en su exceso violento,
inclina la voluntad a empresas temerarias, más que ninguna otra pasión
de cuantas debajo del cielo combaten nuestra naturaleza. Mucho siento
este accidente. Pero, dime, ¿le has tratado con dureza en estos últimos
días?

OFELIA.- No señor; sólo en cumplimiento de lo que mandasteis, le
he devuelto sus cartas, y me he negado a sus visitas.

POLONIO.- Y eso basta para haberle trastornado así. Me pesa no

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