REYNALDO.- Sí, señor, muy bien.
POLONIO.- Sí, le conozco un poco; pero... (has de añadir entonces)
pero no le he tratado. Si es el que yo creo a fe que es bien calavera;
inclinado a tal o tal vicio... y luego dirás de él cuanto quieras fingir;
digo, pero que no sean cosas tan fuertes que puedan deshonrarle.
Cuidado con eso. Habla sólo de aquellas travesuras, aquellas locuras y
extravíos comunes a todos, que ya se reconocen por compañeros
inseparables de la juventud y la libertad.

REYNALDO.- Como el jugar, ¿eh?

POLONIO.- Sí, el jugar, beber, esgrimir, jurar, disputar, putear...
Hasta esto bien puedes alargarte.

REYNALDO.- Y aun con eso hay harto para quitarle el honor.

POLONIO.- No por cierto, además que todo depende del modo con
que le acuses. No debes achacarle delitos escandalosos, ni pintarle
como un joven abandonado enteramente a la disolución; no, no es esa
mi idea. Has de insinuar sus defectos con tal arte que parezcan
nulidades producidas de falta de sujeción y no otra cosa: extravíos de
una imaginación ardiente, ímpetus nacidos de la efervescencia general
de la sangre.

REYNALDO.- Pero, señor...

POLONIO.- ¡Ah! Tú querrás saber con qué fin debes hacer esto,
¿eh?

REYNALDO.- Gustaría de saberlo.

POLONIO.- Pues, señor, mi fin es éste; y creo que es proceder con
mucha cordura. Cargando esas pequeñas faltas sobre mi hijo (como
ligeras manchas de una obra preciosa) ganarás por medio de la
conversación la confianza de aquel a quien pretendas examinar. Si él
está persuadido de que el muchacho tiene los mencionados vicios que tú
le imputas, no dudes que él convenga con tu opinión, diciendo: señor
mío, o amigo, o caballero... En fin, según el título o dictado de la
persona o del país.

REYNALDO.- Sí, ya estoy.

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