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HAMLET.- Sí, sí, sobre mi espada.
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LA SOMBRA.- Juradlo .
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HAMLET.- ¡Ah! ¿Eso dices?.. ¿Estás ahí hombre de bien?..
Vamos: ya le oís hablar en lo profundo ¿Queréis jurar?

HORACIO.- Proponed la fórmula.
HAMLET.- Que nunca diréis lo que habéis visto. Juradlo por mi
espada.

LA SOMBRA.- Juradlo.

HAMLET.- ¿Hic et ubique? Mudaremos de lugar. Señores, acercaos
aquí: poned otra vez las manos en mi espada, y jurad por ella, que
nunca diréis nada de esto que habéis oído y visto.

LA SOMBRA.- Juradlo por su espada.

HAMLET.- Bien has dicho, topo viejo, bien has dicho... Pero ¿cómo
puedes taladrar con tal prontitud los senos de la tierra, diestro minador?
Mudemos otra vez de puesto, amigos.

HORACIO.- ¡Oh! Dios de la luz y de las tinieblas, ¡qué extraño
prodigio es éste!
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HAMLET.- Por eso como a un extraño debéis hospedarle y
tenerle oculto. Ello es, Horacio, que en el cielo y en la tierra hay más de
lo que puede soñar tu filosofía. Pero venid acá y, como antes dije,
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prometedme (así el Cielo os haga felices) que por más singular y
extraordinaria que sea de hoy más mi conducta (puesto que acaso
juzgaré a propósito afectar un proceder del todo extravagante) nunca
vosotros al verme así daréis nada a entender, cruzando los brazos de
esta manera, o haciendo con la cabeza este movimiento, o con frases
equívocas como: sí, sí, nosotros sabemos; nosotros pudiéramos, si
quisiéramos... si gustáramos de hablar, hay tanto que decir en eso;
pudiera ser que... o en fin, cualquiera otra expresión ambigua, semejante
a éstas, por donde se infiera que vosotros sabéis algo de mí. Juradlo; así
en vuestras necesidades os asista el favor de Dios. Juradlo.

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