lo acostumbraba siempre. Tu tío me sorprende en aquella hora de
quietud, y trayendo consigo una ampolla de licor venenoso, derrama en
mi oído su ponzoñosa destilación, la cual, de tal manera es contraria a la
sangre del hombre, que semejante en la sutileza al mercurio, se dilata
por todas las entradas y conductos del cuerpo, y con súbita fuerza le
ocupa, cuajando la más pura y robusta sangre, como la leche con las
gotas ácidas. Este efecto produjo inmediatamente en mí, y el cutis
hinchado comenzó a despegarse a trechos con una especie de lepra en
áspera y asquerosas costras. Así fue que estando durmiendo, perdí a
manos de mi hermano mismo, mi corona, mi esposa y mi vida a un
tiempo. Perdí la vida, cuando mi pecado estaba en todo su vigor, sin
hallarme dispuesto para aquel trance, sin haber recibido el pan
eucarístico, sin haber sonado el clamor de agonía, sin lugar al
reconocimiento de tanta culpa: presentado al tribunal eterno con todas
mis imperfecciones sobre mi cabeza. ¡Oh! ¡Maldad horrible, horrible!...
Si oyes la voz de la naturaleza, no sufras, no, que el tálamo real de
Dinamarca sea el lecho de la lujuria y abominable incesto. Pero, de
cualquier modo que dirijas la acción, no manches con delito el alma,
previniendo ofensas a tu madre. Abandona este cuidado al Cielo: deja
que aquellas agudas puntas que tiene fijas en su pecho, la hieran y
atormenten. Adiós. Ya la luciérnaga amortiguando su aparente fuego
nos anuncia la proximidad del día. Adiós. Adiós. Acuérdate de mí.




Escena XIII



HAMLET, y después HORACIO y MARCELO



HAMLET.- ¡Oh! ¡Vosotros ejércitos celestiales! ¡Oh! ¡Tierra!... ¿Y
quién más? ¿Invocaré al infierno también? ¡Eh! No... Detente corazón
mío, detente, y vos mis nervios no así os debilitéis en un momento:
sostenedme robustos... ¡Acordarme de ti! Sí, alma infeliz, mientras haya
memoria en este agitado mundo. ¡Acordarme de ti! Sí, yo me acordaré,
y yo borraré de mi fantasía todos los recuerdos frívolos, las sentencias

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