saltar de sus órbitas; tus anudados cabellos, separarse, erizándose como
las púas del colérico espín. Pero estos eternos misterios no son para los
oídos humanos. Atiende, atiende, ¡ay! Atiende. Si tuviste amor a tu
tierno padre...

HAMLET.- ¡Oh, Dios!
LA SOMBRA.- Venga su muerte: venga un homicidio cruel y atroz.

HAMLET.- ¿Homicidio?
LA SOMBRA.- Sí, homicidio cruel, como todos lo son; pero el más
cruel y el más injusto y el más aleve.
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HAMLET.- Refiéremelo presto, para que con alas veloces, como
la fantasía, o con la prontitud de los pensamientos amorosos, me
precipite a la venganza.

LA SOMBRA.- Ya veo cuan dispuesto te hallas, y aunque tan
insensible fueras como las malezas que se pudren incultas en las orillas
del Letheo, no dejaría de conmoverte lo que voy a decir. Escúchame
ahora, Hamlet. Esparciose la voz de que estando en mi jardín dormido
me mordió una serpiente. Todos los oídos de Dinamarca fueron
groseramente engañados con esta fabulosa invención; pero tú debes
saber, mancebo generoso, que la serpiente que mordió a tu padre, hoy
ciñe su corona.
HAMLET.- ¡Oh! Presago me lo decía el corazón, ¿mi tío?

LA SOMBRA.- Sí, aquel incestuoso, aquel monstruo adúltero,
valiéndose de su talento diabólico, valiéndose de traidoras dádivas...
¡Oh! ¡Talento y dádivas malditas que tal poder tenéis para seducir!...
Supo inclinar a su deshonesto apetito la voluntad de la Reina mi esposa,
que yo creía tan llena de virtud. ¡Oh! ¡Hamlet! ¡Cuán grande fue su
caída! Yo, cuyo amor para con ella fue tan puro... Yo, siempre tan fiel a
los solemnes juramentos que en nuestro desposorio la hice, yo fui
aborrecido y se rindió a aquel miserable, cuyas prendas eran en verdad
harto inferiores a las mías. Pero, así como la virtud será incorruptible
aunque la disolución procure excitarla bajo divina forma, así la
incontinencia aunque viviese unida a un Ángel radiante, profanará con
oprobio su tálamo celeste... Pero ya me parece que percibo el ambiente
de la mañana. Debo ser breve. Dormía yo una tarde en mi jardín según

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