acaso, aunque sus virtudes fuesen tantas cuantas es concedido a un
mortal, y tan puras como la bondad celeste; serán no obstante
amancilladas en el concepto público, por aquel único vicio que las
acompaña. Un solo adarme de mezcla quita el valor al más precioso
metal y le envilece.
(43)
HORACIO.- ¿Veis? Señor, ya viene .
(44)
HAMLET.- ¡Ángeles y ministros de piedad, defendednos! Ya
seas alma dichosa o condenada visión, traigas contigo aura celestial o
ardores del infierno, sea malvada o benéfica intención la tuya en tal
forma te me presentas, que es necesario que yo te hable. Sí, te he de
hablar... Hamlet, mi Rey, mi Padre, Soberano de Dinamarca... ¡Oh,
respóndeme, no me atormentes con la duda! Dime, ¿por qué tus
venerables huesos, ya sepultados, han roto su vestidura fúnebre? ¿Por
qué el sepulcro donde te dimos urna pacífica te ha echado de sí,
abriendo sus senos que cerraban pesados mármoles? ¿Cuál puede ser la
causa de que tu difunto cuerpo, del todo armado, vuelva otra vez a ver
los rayos pálidos de la luna, añadiendo a la noche horror? ¿Y que
nosotros, ignorantes y débiles por naturaleza, padezcamos agitación
espantosa con ideas que exceden a los alcances de nuestra razón? Di,
¿por qué es esto? ¿Por qué?, o ¿qué debemos hacer nosotros?

HORACIO.- Os hace señas de que le sigáis, como si deseara
comunicaros algo a solas.
MARCELO.- Ved con que expresivo ademán os indica que le
acompañéis a lugar más remoto; pero no hay que ir con él.

HORACIO.- No, por ningún motivo.

HAMLET.- Si no quiere hablar, habré de seguirle.

HORACIO.- No hagáis tal, señor.
HAMLET.- ¿Y por qué no? ¿Qué temores debo tener? Yo no estimo
nada la vida, en nada, y a mi alma, ¿qué puede él hacerle, siendo como
él mismo cosa inmortal?... Otra vez me llama... Voyle a seguir.
(45)
HORACIO.- Pero, señor, si os arrebata al mar o a la espantosa
cima de ese monte, levantado sobre los que baten las ondas, y allí

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