HAMLET, HORACIO, MARCELO



Explanada delante del Palacio. Noche obscura.
HAMLET.- El aire es frío y sutil en demasía.

HORACIO.- En efecto, es agudo y penetrante.

HAMLET.- ¿Qué hora es ya?

HORACIO.- Me parece que aún no son las doce.

MARCELO.- No, ya han dado.

HORACIO.- No las he oído. Pues en tal caso ya está cerca el tiempo
en que el muerto suele pasearse. Pero, ¿qué significa este ruido, señor
(41)
?
(42)
HAMLET.- Esta noche se huelga el Rey, pasándola desvelado
en un banquete, con gran vocería y traspieses de embriaguez y a cada
copa del Rhin que bebe, los timbales y trompetas anuncian con estrépito
sus victoriosos brindis.

HORACIO.- ¿Se acostumbra eso aquí?
HAMLET.- Sí, se acostumbra; pero aunque he nacido en este país y
estoy hecho a sus estilos, me parece que sería más decoroso quebrantar
esta costumbre que seguirla. Un exceso tal que embrutece el
entendimiento nos infama a los ojos de las otras naciones, desde oriente
a occidente. Nos llaman ebrios; manchan nuestro nombre con este
dictado afrentoso y en verdad que él solo, por más que poseamos en alto
grado otras buenas cualidades, basta a empañar el lustre de nuestra
reputación. Así acontece frecuentemente a los hombres. Cualquier
defecto natural en ellos, sea el de su nacimiento, del cual no son
culpables (puesto que nadie puede escoger su origen), sea cualquier
desorden ocurrido en su temperamento, que muchas veces rompe los
límites y reparos de la razón, o sea cualquier hábito que se aparte
demasiado de las costumbres recibidas llevando estos hombres consigo
el signo de un solo defecto que imprimió en ellos la naturaleza o el

36