más.
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OFELIA.- Nada más .
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LAERTES.- Pienso que no, porque no sólo en nuestra juventud
se aumentan las fuerzas y tamaño del cuerpo, sino que las facultades
interiores del talento y del alma crecen también con el templo en que
ella reside. Puede ser que él te ame ahora con sinceridad, sin que
manche borrón alguno la pureza de su intención; pero debes temer, al
considerar su grandeza, que no tiene voluntad propia y que vive sujeto a
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obrar según a su nacimiento corresponde. Él no puede como una
persona vulgar, elegir por sí mismo; puesto que de su elección depende
la salud y prosperidad de todo un Reino y ve aquí por qué esta elección
debe arreglarse a la condescendencia unánime de aquel cuerpo de quien
es cabeza. Así, pues, cuando él diga que te ama, será prudencia en ti no
darle crédito; reflexionando que en el alto lugar que ocupa nada puede
cumplir de lo que promete, sino aquello que obtenga el consentimiento
de la parte más principal de Dinamarca. Considera cual pérdida
padecería tu honor, si con demasiada credulidad dieras oídos a su voz
lisonjera, perdiendo la libertad del corazón o facilitando a sus instancias
impetuosas el tesoro de tu honestidad. Teme, Ofelia, teme querida
hermana, no sigas inconsiderada tu inclinación; huye del peligro
colocándote fuera del tiro de los amorosos deseos. La doncella más
honesta, es libre en exceso, si descubre su belleza al rayo de la luna. La
virtud misma no puede librarse de los golpes de la calumnia. Muchas
veces el insecto roe las flores hijas del verano, aun antes que su botón se
rompa, y al tiempo que la aurora matutina de la juventud esparce su
blando rocío, los vientos mortíferos son más frecuentes. Conviene,
pues, no omitir precaución alguna, pues la mayor seguridad estriba en el
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temor prudente. La juventud , aun cuando nadie la combate, halla en
sí misma su propio enemigo.

OFELIA.- Yo conservaré para defensa de mi corazón tus saludables
máximas. Pero, mi buen hermano, mira no hagas tú lo que algunos
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rígidos Pastores hacen mostrando áspero y espinoso el camino del
Cielo, mientras como impíos y abandonados disolutos pisan ellos la
senda florida de los placeres; sin cuidarse de practicar su propia
doctrina.
LAERTES.- ¡Oh! No lo receles. Yo me detengo demasiado; pero allí

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