MARCELO.- Ya se fue. No quiere respondernos.
BERNARDO.- ¿Qué tal, Horacio? Tú tiemblas y has perdido el
color. ¿No es esto algo más que aprensión? ¿Qué te parece?
HORACIO.- Por Dios que nunca lo hubiera creído, sin la sensible y
cierta demostración de mis propios ojos.
MARCELO.- ¿No es enteramente parecido al Rey?

HORACIO.- Como tú a ti mismo. Y tal era el arnés de que iba
ceñido cuando peleó con el ambicioso Rey de Noruega, y así le vi
arrugar ceñudo la frente cuando en una altercación colérica hizo caer al
de Polonia sobre el hielo, de un solo golpe... ¡Extraña aparición es ésta!
MARCELO.- Pues de esa manera, y a esta misma hora de la noche,
se ha paseado dos veces con ademán guerrero delante de nuestra
guardia.
HORACIO.- Yo no comprendo el fin particular con que esto sucede;
pero en mi ruda manera de pensar, pronostica alguna extraordinaria
mudanza a nuestra nación.
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MARCELO.- Ahora bien, sentémonos y decidme, cualquiera de
vosotros que lo sepa; ¿por qué fatigan todas las noches a los vasallos
con estas guardias tan penosas y vigilantes? ¿Para qué es esta fundición
de cañones de bronce y este acopio extranjero de máquinas de guerra?
¿A qué fin esa multitud, de carpinteros de marina, precisados a un afán
molesto, que no distingue el Domingo de lo restante de la semana?
¿Qué causas puede haber para que sudando el trabajador apresurado
junte las noches a los días? ¿Quién de vosotros podrá decírmelo?

HORACIO.- Yo te lo diré, o a lo menos, los rumores que sobre esto
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corren. Nuestro último Rey (cuya imagen acaba de aparecérsenos)
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fue provocado a combate, como ya sabéis, por Fortimbrás de
Noruega estimulado éste de la más orgullosa emulación. En aquel
desafío, nuestro valeroso Hamlet (que tal renombre alcanzó en la parte
del mundo que nos es conocida) mató a Fortimbrás, el cual por un
contrato sellado y ratificado según el fuero de las armas, cedía al
vencedor (dado caso que muriese en la pelea) todos aquellos países que
estaban bajo su dominio. Nuestro Rey se obligó también a cederle una

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