bárbaros, y él ha impuesto por su parte, (según he sabido) seis espadas
francesas con sus dagas y guarniciones correspondientes, como
cinturón, colgantes, y así a este tenor... Tres de estas cureñas
particularmente son la cosa más bien hecha que puede darse. ¡Cureñas
como ellas!.. ¡Oh! Es obra de mucho gusto y primor.

HAMLET.- Y ¿a qué cosa llamáis cureñas?
HORACIO.- Ya recelaba yo y que sin el socorro de motas
marginales no pudierais acabar el diálogo.
ENRIQUE.- Señor, por cureñas entiendo yo, así, los... Los
cinturones.

HAMLET.- La expresión sería mucho más propia, si pudiéramos
llevar al lado un cañón de artillería; pero en tanto que este uso no se
introduce, los llamaremos cinturones... En fin y vamos al asunto. Seis
caballos bárbaros, contra seis espadas francesas, con sus cinturones, y
entre ellos tres cureñas primorosas. ¿Con qué esto es lo que apuesta el
francés contra el danés? ¿Y a qué fin se han impuesto (como vos decís)
todas esas cosas?

ENRIQUE.- El Rey ha apostado que si batalláis con Laertes, en doce
jugadas no pasarán de tres botonazos los que él os dé, y él dice, que en
las mismas doce, os dará nueve cuando menos, y desea que esto se
juzgue inmediatamente: si os dignáis de responder.

HAMLET.- ¿Y si respondo que no?
ENRIQUE.- Quiero decir, si admitís el partido que os propone.

HAMLET.- Pues, señor, yo tengo que pasearme todavía en esta sala,
porque si su Majestad no lo ha por enojo, esta es la hora crítica en que
yo acostumbro respirar el ambiente. Tráiganse aquí los floretes, y si ese
caballero lo quiere así, y el Rey se mantiene en lo dicho, le haré ganar la
apuesta, si puedo; y si no puedo, lo que yo ganaré será vergüenza y
golpes.
ENRIQUE.- ¿Con qué lo diré en esos términos?

HAMLET.- Esta es la substancia; después lo podéis adornar con
todas las flores de vuestro ingenio.

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