HAMLET, HORACIO



(217)
Salón del Palacio.



HAMLET.- Baste ya lo dicho sobre esta materia. Ahora quisiera
informarte de lo demás; pero, ¿te acuerdas bien de todas las
circunstancias?

HORACIO.- ¿No he de acordarme, señor?
(218)
HAMLET.- Pues sabrás amigo, que agitado continuamente mi
corazón en una especie de combate, no me permitía conciliar el sueño, y
en tal situación me juzgaba más infeliz que el delincuente cargado de
prisiones. Una temeridad... Bien que debo dar gracias a esta temeridad,
pues por ella existo. Sí, confesemos que tal vez nuestra indiscreción
suele sernos útil; al paso que los planes concertados con la mayor
sagacidad, se malogran, prueba certísima de que la mano de Dios
conduce a su fin todas nuestras acciones por más que el hombre las
ordene sin inteligencia.

HORACIO.- Así es la verdad.

HAMLET.- Salgo, pues, de mi camarote, mal rebujado con un
vestido de marinero, y a tientas, favorecido de la obscuridad, llego hasta
donde ellos estaban. Logro mi deseo, me apodero de sus papeles, y me
vuelvo a mi cuarto. Allí, olvidando mis recelos toda consideración, tuve
la osadía de abrir sus despachos, y en ellos encuentro, amigo, una
alevosía del Rey. Una orden precisa, apoyada en varias razones, de ser
importante a la tranquilidad de Dinamarca, y aún a la de Inglaterra y
¡oh! mil temores y anuncios de mal, si me dejan vivo... En fin, decía:
que luego que fuese leída, sin dilación, ni aun para afinar a la segur el
filo, me cortasen la cabeza.

HORACIO.- ¡Es posible!

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