todo lo enérgico y extraordinario, sublime y admirable, reflexiva,
melancólica, libre (o persuadida de que lo es) llena de patriotismo que
toca en orgullo, de energía que es rudeza tal vez, producen efectos
maravillosos, allí triunfa todavía Shakespeare, y allí es necesario
juzgarle.
Pero si aún es tan grande el entusiasmo con que se admiran sus
obras, ¿cuál sería el que debieron excitar cuando por la primera vez se
vieron en los teatros de Inglaterra? La corte y el público, haciendo
justicia al mérito superior que en ellas encontraban, olvidaron las
antiguas, y de allí en adelante nada sufrían que no imitase el carácter
original del nuevo autor. Aclamado, pues, entre los suyos por padre de
la escena inglesa y el mayor Poeta de su siglo, ¿qué estímulos no
sentiría para dedicarse a merecer y asegurarse en el concepto universal
dictados tan gloriosos, por más de veinte años que permaneció en el
teatro, ya como actor, ya como interesado en el gobierno y utilidades de
su Compañía? Las piezas cómicas o trágicas de este escritor, que hoy
existen y se reconocen por suyas, llegan a treinta y dos, con otras diez
más que se le atribuyen, acerca de las cuales son varias las opiniones de
los eruditos; se cree también que hubiese compuesto otras, y que en las
de algunos Poetas de su tiempo, especialmente en las de Johnson, hay
muchas escenas y planes suyos.

La Reina Isabel, aquella gran Princesa cuyo nombre no se repite en
los fastos de su nación sin agradecimiento y elogio, tal vez alivió los
cuidados del gobierno, asistiendo a la representación de las obras de
Shakespeare, que oía con singular deleite, colmando al autor de honores
y recompensas. Los Señores de la corte imitaron la beneficencia de
aquella Soberana, y entre ellos el Lord Pembroke, el célebre y
desdichado Conde de Essex, el de Montgomeri, y el de Southampton
fueron los que más se distinguieron en favorecerle, y no cesó con la
muerte de Isabel la fortuna de Shakespeare; Jacobo I le miró siempre
con aquella predilección a que le habían hecho acreedor, no menos sus
virtudes, que su talento.

Pero apenas había cumplido los 47 años de su edad, cuando superior
a toda idea de ambición, sordo al favor de tan ilustres protectores,
modesto en medio de tantos aplausos, y deseoso únicamente de gozar
aquel reposo, aquella paz del corazón, recompensa de las almas justas,
por la que había suspirado largo tiempo, se retiro a su patria para vivir
en ella el resto de sus días, obscuro y feliz. Cómoda habitación, parca

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