por el primero no se consiga. Espera... Déjame ver si... Haremos una
apuesta solemne sobre vuestra habilidad y... Sí, ya hallé el medio.
Cuando con la agitación os sintáis acalorados y sedientos (puesto que al
fin deberá ser mayor la violencia del combate) él pedirá de beber, y yo
le tendré prevenida expresamente una copa, que al gustarla sólo; aunque
haya podido librarse de tu espada ungida, veremos cumplido nuestro
(188)
deseo. Pero... Calla. ¿Qué ruido se escucha?




Escena XXIV



GERTRUDIS, CLAUDIO, LAERTES



CLAUDIO.- ¿Qué ocurre de nuevo, amada Reina?
GERTRUDIS.- Una desgracia va siempre pisando las ropas de otra;
tan inmediatas caminan. Laertes tu hermana acaba de ahogarse.

LAERTES.- ¡Ahogada! ¿En dónde? ¡Cielos!
(189)
GERTRUDIS.- Donde hallaréis un sauce que crece a las orillas
de ese arroyo, repitiendo en las ondas cristalinas la imagen de sus hojas
pálidas. Allí se encaminó, ridículamente coronada de ranúnculos,
ortigas, margaritas y luengas flores purpúreas, que entre los sencillos
labradores se reconocen bajo una denominación grosera, y las modestas
doncellas llaman, dedos de muerto. Llegada que fue, se quitó la
guirnalda, y queriendo subir a suspenderla de los pendientes ramos; se
troncha un vástago envidioso, y caen al torrente fatal, ella y todos sus
adornos rústicos. Las ropas huecas y extendidas la llevaron un rato
sobre las aguas, semejante a una sirena, y en tanto iba cantando pedazos
de tonadas antiguas, como ignorante de su desgracia, o como criada y
nacida en aquel elemento. Pero no era posible que así durarse por
mucho espacio. Las vestiduras, pesadas ya con el agua que absorbían la
arrebataron a la infeliz; interrumpiendo su canto dulcísimo, la muerte,

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