CLAUDIO.- No porque piense que no amabas a tu padre; sino
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porque sé que el amor está sujeto al tiempo, y que el tiempo
extingue su ardor y sus centellas; según me lo hace ver la experiencia de
los sucesos. Existe en medio de la llama de amor una mecha o pábilo
que la destruye al fin, nada permanece en un mismo grado de bondad
constantemente, pues la salud misma degenerando en plétora perece por
su propio exceso. Cuanto nos proponemos hacer debería ejecutarse en el
instante mismo en que lo deseamos, porque la voluntad se altera
fácilmente, se debilita y se entorpece, según las lenguas, las manos y los
accidentes que se atraviesan; y entonces, aquel estéril deseo es
semejante a un suspiro, que exhalando pródigo el aliento causa daño, en
vez de dar alivio... Pero, toquemos en lo vivo de la herida. Hamlet
vuelve. ¿Qué acción emprenderías tú para manifestar, más con las obras
que con las palabras, que eres digno hijo de tu padre?
LAERTES.- ¿Qué haré? Le cortaré la cabeza en el templo mismo.

CLAUDIO.- Cierto que no debería un homicida hallar asilo en parte
alguna, ni reconocer límites una justa venganza; pero, buen Laertes, haz
lo que te diré. Permanece oculto en tu cuarto; cuando llegue Hamlet
sabrá que tú has venido; yo le haré acompañar por algunos que
alabando tu destreza den un nuevo lustre a los elogios que hizo de ti el
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francés. Por último , llegaréis a veros; se harán apuestas en favor de
uno y otro... Él, que es descuidado, generoso, incapaz de toda malicia,
no reconocerá los floretes; de suerte que te será muy fácil, con poca
sutileza que uses, elegir una espada sin botón, y en cualquiera de las
jugadas tomar satisfacción de la muerte de tu padre.

LAERTES.- Así lo haré, y a ese fin quiero envenenar la espada con
cierto ungüento que compré de un charlatán, de cualidad tan mortífera,
que mojando un cuchillo en él, adonde quiera que haga sangre introduce
la muerte; sin que haya emplasto eficaz que pueda evitarla, por más que
se componga de cuantos simples medicinales crecen debajo de la luna.
Yo bañaré la punta de mi espada en este veneno, para que apenas le
toque, muera.

CLAUDIO.- Reflexionemos más sobre esto... Examinemos, qué
ocasión, qué medios serán más oportunos a nuestro engaño; porque, si
tal vez se malogra, y equivocada la ejecución se descubren los fines,
valiera más no haberlo emprendido. Conviene, pues, que este proyecto
vaya sostenido con otro segundo, capaz de asegurar el golpe, cuando

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