ésta sola: que en mi opinión ocupa el último lugar.

LAERTES.- ¿Y qué habilidad es, señor?
CLAUDIO.- No es más que un lazo en el sombrero de la juventud;
pero que la es muy necesario, puesto que así son propios de la juventud
los adornos ligeros y alegres, como de la edad madura las ropas y pieles
que se viste, por abrigo y decencia... Dos meses ha que estuvo aquí un
caballero de Normandía... Yo conozco a los franceses muy bien, he
militado contra ellos, y son por cierto buenos jinetes; pero el galán de
quien hablo era un prodigio en esto. Parecía haber nacido sobre la silla,
y hacía ejecutar al caballo tan admirables movimientos, como si él y su
valiente bruto animaran un cuerpo sólo, y tanto excedió a mis ideas, que
todas las formas y actitudes que yo pude imaginar, no negaron a lo que
él hizo.

LAERTES.- ¿Decís que era normando?

CLAUDIO.- Sí, normando.

LAERTES.- Ese es Lamond, sin duda.

CLAUDIO.- Él mismo.

LAERTES.- Le conozco bien y es la joya más precisa de su nación.

CLAUDIO.- Pues éste hablando de ti públicamente, te llenaba de
elogios por tu inteligencia y ejercicio en la esgrima, y la bondad de tu
espada en la defensa y el ataque; tanto que dijo alguna vez, que sería un
espectáculo admirable el verte lidiar con otro de igual mérito; si pudiera
hallarse, puesto que según aseguraba él mismo, los más diestros de su
nación carecían de agilidad para las estocadas y los quites cuando tu
esgrimías con ellos. Este informe irritó la envidia de Hamlet, y en nada
pensó desde entonces sino en solicitar con instancia tu pronto regreso,
para batallar contigo. Fuera de esto...

LAERTES.- ¿Y qué hay además de eso, señor?
CLAUDIO.- Laertes, ¿amaste a tu padre? O eres como las figuras de
un lienzo, que tal vez aparentan tristeza en el semblante, cuando las
falta un corazón.

LAERTES.- ¿Por qué lo preguntáis?

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