barbarie, la indecencia, la extravagancia y ferocidad de sus dramas. Su
genio observador, su entendimiento despejado y robusto, su exquisita
sensibilidad, su fantasía fecundísima, llenaron de bellezas plausibles
aquellas mismas obras en que tantos errores abundan; bellezas
originales, porque él de nadie imitó; bellezas de todos géneros, porque a
todos se atrevió con igual osadía; bellezas, en fin, que han podido
asegurar su gloria, por espacio de dos siglos, en el concepto de toda una
nación.
Él supo evitar mucha parte de los defectos que halló en el teatro
inglés, abriendo una senda hasta entonces no practicada, o poco
seguida. Conoció cuan difícilmente pueden sostenerse en la escena las
fábulas alegóricas, advirtió que los misterios de la religión no debían
profanarse a los ojos del público, por medio de ficciones no menos
ridículas que incapaces de añadir pruebas a la fe, cuya esencia consiste
en persuadirnos de aquellas verdades sublimes, que ni los sentidos ni la
razón alcanzan. Abandonó uno y otro género, y eligió el único que era
capaz de perfección no ignorando que en la pintura de los caracteres y
defectos humanos, ingeniosamente dispuesta, se hallaría instrucción
más útil que cuanta podía esperarse de las cuestiones dogmáticas de los
Misterios, ni del caos metafísico de las Moralidades. La ambición del
mando, los horrores de la tiranía, el entusiasmo de libertad, la lisonja
infame compañera del poder, la ingratitud, el orgullo, la ternura filial, la
fe conyugal, la pasión terrible de los celos, la virtud infeliz, las
discordias civiles, el trastorno de los grandes imperios, los castigos de la
Providencia; todo en su pluma recibió forma y vida. Cuando acierta en
la pintura de un carácter, se reconoce la robusta mano de aquel artífice
que no nació para imitar, cuando acierta con una situación patética, no
hiere levemente los ánimos de la multitud; la suspende, la enajena,
conturba el corazón, inunda los ojos en lágrimas. Trató muchas veces
los puntos más delicados de política y moral con grande inteligencia,
dando lecciones a los hombres en el teatro, que no las oyeran más útiles
en la Academia o en el Pórtico. Llenó sus dramas de interés,
movimiento, variedad y pompa, vertiendo en ellos todas las gracias del
lenguaje, versificación y estilo; y aun cuando apartándose de la
verdadera elegancia, degenera en afectado y gigantesco aquellas
mismas sutilezas, aquel tono enfático, dan un no sé qué de brillante y
sublime a la locución, que aunque repugne a los inteligentes, halaga los
oídos del vulgo, que siente y no examina. Estas obras, representadas a
los ojos de una nación, en que la crítica aplicada al teatro no ha hecho
hasta ahora los mayores progresos, para quien todo lo natural es bello,

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