un pequeño esfuerzo produzca efectos grandes.
CLAUDIO.- Buen Laertes, si deseas saber la verdad acerca de la
muerte de tu amado padre ¿está escrito acaso en tu venganza, que hayas
de atropellar sin distinción amigos y enemigos, culpados e inocentes?

LAERTES.- No, sólo a mis enemigos.
CLAUDIO.- ¿Querrás, sin duda, conocerlos?

LAERTES.- ¡Oh! A mis buenos amigos yo los recibiré con abiertos
brazos, y semejante al pelícano amoroso, los alimentaré si necesario
fuese, con mi sangre misma.

CLAUDIO.- Ahora hablaste como buen hijo, y como caballero.
Laertes, ni tengo culpa en la muerte de tu padre, ni alguno ha sentido
como yo su desgracia. Esta verdad deberá ser tan clara a tu razón, como
a tus ojos la luz del día.
(172)
VOCES.- Dejadla entrar .

LAERTES.- ¿Qué novedad... qué ruido es este?




Escena XVII



(173)
CLAUDIO, GERTRUDIS, LAERTES, OFELIA ,
acompañamiento.



(174)
LAERTES.- ¡Oh! ¡Calor activo, abrasa mi cerebro! ¡Lágrimas,
en extremo cáusticas, consumid la potencia y la sensibilidad de mis
ojos! Por los Cielos te juro que esa demencia tuya será pagada por mí
con tal exceso, que el peso del castigo tuerza el fiel, y baje la balanza...
¡Oh! ¡Rosa de Mayo! ¡Amable niña! ¡Mi querida Ofelia! ¡Mi dulce
hermana!... ¡Oh! ¡Cielos! Y ¿es posible que el entendimiento de una

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