VOCES.- No, entremos.

LAERTES.- Yo os pido que me dejéis.
VOCES.- Bien, bien está.

LAERTES.- Gracia, señores. Guardad las puertas... y tú, indigno
Príncipe, dame a mi padre.

GERTRUDIS.- Menos, menos ardor, querido Laertes.
LAERTES.- Si hubiese en mí una gota de sangre con menos ardor,
me declararía por hijo espurio, infamaría de cornudo a mi padre e
imprimiría sobre la frente limpia y casta de mi madre honestísima, la
nota infame de prostituta.

CLAUDIO.- Pero, Laertes, ¿cuál es el motivo de tan atrevida
rebelión? Déjale, Gertrudis, no le contengas... No temas nada contra mí.
Existe una fuerza divina que defiende a los Reyes: la traición no puede,
como quisiera, penetrar hasta ellos, y ve malogrados en la ejecución
todos sus designios... Dime, Laertes, ¿por qué estás tan airado? Déjale
Gertrudis... Habla tú.

LAERTES.- ¿En dónde está mi padre?

CLAUDIO.- Murió.

GERTRUDIS.- Pero no le ha muerto el Rey.

CLAUDIO.- Déjale preguntar cuanto quiera.
LAERTES.- ¿Y cómo ha sido su muerte?.. ¡Eh!... No, a mí no se me
engaña. Váyase al infierno la fidelidad, llévese el más atezado demonio
los juramentos de vasallaje, sepúltense la conciencia, la esperanza de
salvación, en el abismo más profundo... La condenación eterna no me
horroriza, suceda lo que quiera, ni éste ni el otro mundo me importan
nada... Sólo aspiro, y este es el punto en que insisto, sólo aspiro a dar
completa venganza a mi difunto padre.

CLAUDIO.- ¿Y quién te lo puede estorbar?

LAERTES.- Mi voluntad sola y no todo el universo, y en cuanto a
los medios de que he de valerme, yo sabré economizarlos de suerte que

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