el menos frío de los insípidos diálogos que de algunos años a esta parte
se han impreso en España con nombre de Tragedias, y cualquiera de las
monstruosas fábulas cómico-heroicas de Candamo, Solís o Calderón; el
concurso dormirá profundamente con el primero de estos espectáculos y
aplaudirá el segundo. Porque si es cierto que para formar un drama
excelente se necesitan un talento superior y un profundo conocimiento
del arte, también lo es, que hallando separadas estas dos prendas, el
público preferirá con razón el talento criador al arte que nada produce; y
una composición ingeniosa, fecunda en accidentes, capaces de
conmoverle y deleitarle, a una regularidad narcótica que te empalague y
te adormezca. Agrada, pues, Shakespeare y agradará mientras no
aparezca otro hombre que dotado de igual sensibilidad y fantasía, de
más delicado gusto y mayor instrucción (cosa difícil en verdad, aunque
no imposible) dé nueva forma a aquel teatro, verificando en Inglaterra,
la revolución feliz que hizo en Francia el inmortal Corneille.

Pero sin las luces de la buena crítica, las artes no se perfeccionan, y
es mal medio de procurar el acierto en ninguna de ellas, proponer a la
juventud por modelos de imitación, producciones desarregladas en que,
no sin razón, se duda si el número de las bellezas iguala o excede al de
los defectos. Tales obras, aunque contengan pedazos excelentes,
servirán sólo de perpetuar la corrupción del gusto; y si llega a admitirse
la máxima de que el ingenio no debe sujetarse a los preceptos
científicos, y que no es lícito examinar a aquellos grandes hombres,
discípulos de la naturaleza, fecundos e incultos como el original que
imitaron, no hay medio, esta opinión acreditada una vez, será la ruina de
las artes.

No es, pues, el gran Shakespeare el ejemplar que ha de proponerse a
quien siga la carrera del teatro; cualquier elogio, cualquier título que le
quieran dar podrá convenirle, pero el de Maestro no. El talento no se
aprende; se adquiere sólo el modo de usar el talento, y no es apto para
enseñar a los demás el que sobresalió únicamente en aquello que no se
puede aprender.

Si esto se concede, si se le considera como un autor, falto de
principios, de modelos que imitar, de competidores que vencer,
obligado a escribir por necesidad más que por elección, arrastrado del
mal ejemplo de su siglo, y destinado a dar espectáculos a un pueblo
grosero e ignorante, a quien quiso agradar, más que instruir; admírense,
en buen hora, aquellos felices rasgos del ingenio que brillan entre la

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