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HAMLET.- Cuantos accidentes ocurren, todos me acusan,
excitando a la venganza mi adormecido aliento. ¿Qué es el hombre que
funda su mayor felicidad, y emplea todo su tiempo solo en dormir y
alimentarse? Es un bruto y no más. No. Aquél que nos formó dotados
de tan extenso conocimiento que con él podemos ver lo pasado y futuro,
no nos dio ciertamente esta facultad, esta razón divina, para que
estuviera en nosotros sin uso y torpe. Sea, pues, brutal negligencia, sea
tímido escrúpulo que no se atreve a penetrar los casos venideros
(proceder en que hay más parte de cobardía que de prudencia) yo no sé
para qué existo, diciendo siempre: tal cosa debo hacer; puesto que hay
en mí suficiente razón, voluntad, fuerza y medios para ejecutarla. Por
todas partes halló ejemplos grandes que me estimulan. Prueba es
bastante ese fuerte y numeroso ejército, conducido por un Príncipe
joven y delicado, cuyo espíritu impelido de ambición generosa
desprecia la incertidumbre de los sucesos, y expone su existencia frágil
y mortal a los golpes de la fortuna a la muerte, a los peligros más
terribles, y todo por un objeto de tan leve interés. El ser grande no
consiste, por cierto, en obrar sólo cuando ocurre un gran motivo; sino
en saber hallar una razón plausible de contienda, aunque sea pequeña la
causa; cuando se trata de adquirir honor. ¿Cómo, pues, permanezco yo
en ocio indigno, muerto mi padre alevosamente, mi madre envilecida...
estímulos capaces de excitar mi razón y mi ardimiento, que yacen
dormidos? Mientras para vergüenza mía veo la destrucción inmediata
de veinte mil hombres, que por un capricho, por una estéril gloria van al
sepulcro como a sus lechos, combatiendo por una causa que la multitud
es incapaz de comprender, por un terreno que aún no es suficiente
sepultura a tantos cadáveres. ¡Oh! De hoy más, o no existirá en mi
fantasía idea ninguna, o cuántas forme serán sangrientas.




Escena XI



GERTRUDIS, HORACIO

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