Juzgue el que tenga algún conocimiento del arte, si son estos los
medios de que un Poeta dramático debe valerse para producir deleite y
enseñanza. Las figuras del teatro no han de bajar del cielo, ni han de
sacarse del abismo, ni han inventarse a placer por una fantasía
destemplada y ardiente. Toda ficción dramática inverosímil es absurda
lo que no es creíble, ni conmueve ni admira. Si es el teatro la escuela de
las costumbres, si en él han de imitarse los vicios y virtudes para
enseñanza nuestra, ¿a qué fin llenarle de espectros y fantasmas y entes
quiméricos que nadie ha visto, ni puede concebir? Píntese al hombre en
todos los estados y situaciones de la vida, háganse patentes los ocultos
movimientos de su corazón, el origen y el progreso de sus errores y sus
vicios, el término a que le conducen los extravíos de su razón o el
desenfreno de sus pasiones; y entonces la fábula, siendo verosímil, será
maravillosa, instructiva y bella. Pero Shakespeare, a quien con
demasiada ligereza suelen dar algunos el título de Maestro, estaba muy
lejos de conocer estas delicadezas del arte, y repitió en sus
composiciones el triste ejemplo, de que la más fecunda imaginación es
incapaz por sí sola de producir una obra perfecta; si los preceptos que
dictaron la observación y el buen gusto, no la moderan y la conducen.

Si el teatro inglés se halla tan atrasado todavía, a pesar de los buenos
ingenios que han cultivado la Poesía escénica en aquella nación,
atribúyase al magisterio concedido a Shakespeare y a la supersticiosa
ceguedad con que se venera cuanto salió de su pluma. Si en España no
hubiese combatido la crítica moderna el ponderado mérito de muchos
autores líricos y dramáticos, célebres corruptores del buen gusto en uno
y otro género, todavía se ocuparían nuestros Poetas en ajustar acrósticos
y enredar laberintos; todavía se llamaría sublimidad y agudeza la
obscuridad, la hinchazón, los equívocos, las paranomasias y
retruécanos; y todavía saldrían a hacer papel en nuestros teatros la
Iglesia Católica, el Rey David, las tres Potencias del alma, la
Primavera, el Diablo y el Cordero Pascual.

Pero dirán, si tales son los dramas de Shakespeare, ¿cómo es que
toda una nación, no menos respetable por su cultura, que por su
opulencia y su poder, no sólo le admira y le considera superior a
cuantos Poetas han enriquecido su teatro; sino que ufana de poseerle, tal
vez imagina imposible que nadie le obscurezca ni le compita? No es
difícil hallar la solución de este problema si se advierte que en las obras
de ingenio, el ingenio es lo más, y que en las dramáticas no hay defecto
más intolerable que la frialdad y languidez. Represéntese, por ejemplo,

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