sangrienta? Nos la imputarán sin duda a nosotros, porque nuestra
autoridad debería haber reprimido a ese joven loco, poniéndole en
paraje donde a nadie pudiera ofender. Pero el excesivo amor que le
tenemos nos ha impedido hacer lo que más convenía; bien así como el
que padece una enfermedad vergonzosa, que por no declararla,
consiente primero que le devore la substancia vital. ¿Y a dónde ha ido?
GERTRUDIS.- A retirar de allí el difunto cuerpo, y en medio de su
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locura, llora el error que ha cometido. Así el oro manifiesta su
pureza; aunque mezclado, tal vez, con metales viles.

CLAUDIO.- Vamos, Gertrudis, y apenas toque el sol la cima de los
montes haré que se embarque y se vaya, entretanto será necesario
emplear toda nuestra autoridad y nuestra prudencia, para ocultar o
disculpar, un hecho tan indigno.




Escena II



CLAUDIO, GERTRUDIS, RICARDO, GUILLERMO



CLAUDIO.- ¡Oh! ¡Guillermo, amigos! Id entrambos con alguna
gente que os ayude. Hamlet, ciego de frenesí, ha muerto a Polonio y le
ha sacado arrastrando del cuarto de su madre. Id a buscarle, habladle
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con dulzura y haced llevar el cadáver a la capilla. No os detengáis .
Vamos, que pienso llamar a nuestros más prudentes amigos, para darles
cuenta de esta imprevista desgracia y de lo que resuelvo hacer. Acaso
por este medio la calumnia (cuyo rumor ocupa la extensión del orbe y
dirige sus emponzoñados tiros con la certeza que el cañón a su blanco)
errando esta vez el golpe, dejará nuestro nombre ileso y herirá sólo al
viento insensible. ¡Oh! Vamos de aquí... mi alma está llena de agitación
y de terror.

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