mando; que robó la preciosa corona, y se la guardó en el bolsillo.

GERTRUDIS.- No más...




Escena XXVII



GERTRUDIS, HAMLET, LA SOMBRA DEL REY HAMLET



(142)
HAMLET.- Un Rey de botarga... ¡Oh! ¡Espíritus celestes,
defendedme! Cubridme con vuestras alas... ¿Qué quieres, venerada
Sombra?

GERTRUDIS.- ¡Ay! Que está fuera de sí.
HAMLET.- ¿Vienes acaso a culpar la negligencia de tu hijo, que
debilitado por la compasión y la tardanza, olvida la importante
ejecución de tu precepto terrible?... Habla.
LA SOMBRA.- No lo olvides. Vengo a inflamar de nuevo tu ardor
casi extinguido. ¿Pero, ves? Mira cómo has llenado de asombro a tu
madre. Ponte entre ella y su alma agitada y hallarás que la imaginación
obra con mayor violencia en los cuerpos más débiles. Háblala, Hamlet.

HAMLET.- ¿En qué pensáis, señora?
GERTRUDIS.- ¡Ay! ¡Triste! Y en qué piensas tú que así diriges la
vista donde no hay nada, razonando con el aire incorpóreo. Toda tu
alma se ha pasado a tus ojos, que se mueven horribles, y tus cabellos
que pendían, adquiriendo vida y movimiento, se erizan y levantan como
los soldados, a quienes improviso rebato despierta. ¡Hijo de mi alma!
¡Oh! Derrama sobre el ardiente fuego de tu agitación y la paciencia fría.
¿A quién estás mirando?

HAMLET.- A él, a él... ¿Le veis, que pálida luz despide? Su aspecto

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