FAUSTO


No sabéis cuán mezquino es un oficio tal. ¡Cuán poco
sienta ello al verdadero artista! La chapucería de esos pulcros
señores, bien lo veo, es ya proverbial entre vosotros.

EL DIRECTOR
Un reproche tal no me causa mella alguna. El hombre
que se propone trabajar bien, debe contar con los mejores
utensilios. Haceos cargo de que tenéis madera tierna que
cortar, y mirad sólo para quién escribís. Si al uno le incita el
tedio, llega el otro ahito de una comida opípara, y lo peor de
todo es que muchos acaban de leer los periódicos. Corren
hacia aquí distraídos, como si si fuesen a una mascarada, y la
curiosidad es lo único que presta alas a sus pasos. Las damas
se exhiben poniendo el mayor esmero en su persona y atavío,
y desempe-ñan de balde su papel. ¿Qué soñáis en vuestras
poéticas alturas? ¿Por qué os regocija un lleno? Mirad de
cerca a los espectadores. La mitad de ellos están fríos; la otra
mitad son unos zopencos; éste, después del espectáculo,
espera una partida de naipes; el otro, una noche de liber-
tinaje en brazos de una mozuela. ¿Por qué importunáis así,
pobres insensatos, para tal fin a las apacibles Musas? Os lo
repito: dad más y siempre más, y de esta suerte nunca dejaréis
de lograr vuestro objeto. No busquéis sino aturdir a la gente;
el contentarla es cosa difícil... Pero ¿qué sentís: entusiasmo o
dolor?

EL POETA



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