FAUSTO


Piénsalo bien; no lo echaremos en olvido.

FAUSTO
Pleno derecho tienes para ello. No me obligué con
temeraria pre-sunción. Tal como me hallo, esclavo soy. Que
lo sea tuyo o de otro, ¿qué me importa?

MEFISTÓFELES
Hoy mismo, en el banquete doctoral llenaré mis funcio-
nes de ser-vidor. Una cosa no más... Por razones de vida o de
muerte, te pido un par de líneas.

FAUSTO
¡Eso más! ¿También me pides un escrito, pedante? ¿No
has conocido todavía ningún hombre ni palabra de hombre?
¿No basta que mi palabra hablada deba disponer de mis días
para siempre? El mundo se desencadena sin cesar en todas
sus corrientes, ¿y a mí ha de tenerme sujeto una promesa?
Pero esta idea quimérica está arraigada en nuestro corazón;
¿quién quiere de buena voluntad librarse de ella? ¡Dichoso
aquel que mantiene pura la fe en su pecho! Ningún sacrificio
le pesará jamás. Pero un pergamino, escrito y sellado, es un
espantajo ante el cual todo el mundo se amedrenta. La
palabra expira ya en la pluma; la cera y la piel tienen la
suprema autoridad. ¿Qué quieres de mí, espíritu maligno?
¿Bronce, mármo1, pergamino, papel? ¿Tengo que escribir
con buril, cincel, pluma? Te dejo enteramente libre la
elección.

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