JOHAN WOLFGANG GOETHE


en el desplegado pabellón azul del cielo! Aprueba los
sentimientos que de un modo tierno y ferviente agitan el
corazón humano y lo elevan hacia ti con un santo anhelo
amoroso. Indómito es nuestro valor cuando majestuosa tú
mandas, de súbito se aplaca el ardor cuando nos apaciguas.
¡Virgen, pura en el más bello sentido; Madre digna de
veneración; Reina elegida para nosotros y de condición igual
a los Dioses! En derredor de ella se enlazan leves nubecitas:
son las Penitentes, pequeño grupo afectuoso, que en torno
de tus rodillas aspira el Éter implorando gracia. A ti,
Inviolable, no te está vedado dejar que esas criaturas, fáciles
de seducir, lleguen familiarmente a ti. Caídas en la flaqueza,
son difíciles de salvar; pero ¿quién, rompe con sus propias
fuerzas las cadenas de las concupiscencias? ¡Cuán presto se
escurre el pie por una pendiente resbaladiza! ¿A quién no
seduce una mirada, un saludo, un aliento acariciador?
(LA MADRE GLORIOSA avanza suspendida en el aire).

CORO DE PENITENTES
Majestuosa vuelas hacia las alturas de los reinos eternos;
¡oye nuestras súplicas, oh Tú sin igual, Tú llena de gracia!

LA GRAN PECADORA
Por el amor que hizo correr las lágrimas junto con el
bálsamo sobre los pies de tu divino Hijo glorificado, a
despecho de los sarcasmos del fariseo; por el vaso que tan
copiosamente vertió el perfume; por los rizados cabellos que
con tanta suavidad secaron los miembros sagrados...

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