FAUSTO


permanezco en mi sitio... (Revolviéndose contra la lluvia de rosas.)
¡Atrás, fuegos fatuos! Tú, por muy vivo que brilles, una vez
atrapado, no eres más que un repugnante fango viscoso. ¿Por
qué revoloteas así? ¿Quieres largarte? Eso se me aferra al
cogote, como si fuera pez y azufre.

CORO DE ÁNGELES
Aquello que no es propio de vosotros, debéis evitarlo.
No habéis de sufrir lo que turba vuestro corazón. Si penetra
de un modo violento, es menester mostrarnos fuertes. El
amor no deja entrar en el cielo sino a los que aman.
Me abrasa la cabeza, el corazón, el hígado un elemento
más que diabólico, mucho más vivo que el fuego del
infierno. Ved ahí porque os lamentáis de tan atroz manera,
infelices amantes desairados, que con el cuello torcido
acecháis a la mujer amada. Otro tanto me pasa a mi. ¿Qué es
eso que me obliga a volver la cabeza a este lado con el cual, a
despecho de todo, estoy en guerra jurada? Esta vista ¡me
hería antes de una manera tan odiosa...! ¿Me ha penetrado de
parte a parte alguna cosa extraña? Me gusta ver esos chicos
encantadores. ¿Qué me contiene, que no me atrevo a soltar
reniegos...? Y si yo me dejo embobar, ¿quién será tachado de
loco de ahora en adelante? Esos diablillos, a quienes
aborrezco, me parecen, a pesar de todo, harto deliciosos...
Decidme, bellos niños: ¿no sois también de la raza de
Lucifer? Sois tan lindos que de veras quisiera daros un beso;
me parece que llegáis a buen punto. ¡Hállome tan bien, tan a
mi gusto como si os hubiese visto ya mil veces, anheloso de

555

554