JOHAN WOLFGANG GOETHE


MEFISTÓFELES
(A los diablos). ¿A qué agachar la cabeza y estremeceros
así? ¿Es éso costumbre en el infierno? Teneos firmes, pues, y
dejadles que vayan sembrando. Cada mochuelo a su olivo.
Piensan ellos quizás, con tal derroche de flores, cubrir de
nieve a los ardientes diablos. Eso se marchita y se arruga ante
vuestro hálito. Soplad, pues, ahora, diablos sopladores...
¡Basta, basta! Ante vuestras exhalaciones palidece toda la
bandada. No con tanta fuerza. Cerrad hocicos y narices. En
verdad, soplásteis demasiado recio. ¡Qué no sepáis nunca la
justa medida! Eso no se arruga solamente, se tuesta, se
deseca, se inflama. Suspenso en el aire, acércase despidiendo
luminosas llamas envenenadas. Hacedles frente, apretaos con
fuerza todos juntos... El vigor se apaga. Todos sus bríos se
han perdido. Los diablos huelen un extraño fuego
acariciador.

CORO DE ÁNGELES
Las gloriosas flores, las jocundas llamas difunden amor,
preparan todas las delicias que anhela el corazón. Las
palabras de verdad, en el Eter luminoso, dan en todas partes
luz a las eternas falanges.

MEFISTÓFELES
¡Maldición! ¡Oprobio a semejantes imbéciles! Los diablos
están de cabeza abajo. Esos zopencos hacen rueda tras rueda,
y a reculones se precipitan en el infierno. Que os aproveche
el baño caliente que bien merecido tenéis. En cuanto a mí, yo

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