JOHAN WOLFGANG GOETHE


humareda del fondo veo la ciudad de las llamas en perpetuo
incendio. Lánzase la roja oleada hasta chocar con los dientes;
algunos réprobos, esperando salvarse, llegan a nado, pero la
hiena colosal los tritura, y angustiosos recorren de nuevo la
ardiente vía. En los rincones queda aún mucho por
descubrir. ¡Cuántos horrores de los más espeluznantes en tan
reducido espacio! Muy bien hacéis en amedrentar a los
pecadores; pero ellos tienen eso por mentira, embeleso y
sueño.
(A los diablos gordinflones de cuernos cortos y derechos.)
¡Ea! bellacos panzudos de mofletes como fuego!
¡Vosotros, que tan enardecidos y bien cebados estáis por el
azufre del infierno, con esos cogotes como una bola, cortos,
inmóviles! Acechad aquí abajo y ved si luce alguna cosa a
manera de fósforo; es el alma, la Psiquis alada, la desplumáis
y queda entonces convertida en un feo gusano. Quiero
marcarla con mi sello, y luego os la lleváis al torbellino de
fuego. Vigilad en las regiones inferiores, vosotros, cueros de
vino, que tal es vuestro deber. Si se le antojó residir allí, no se
sabe a punto fijo. Alójase a gusto en el ombligo; andad alerta,
no sea que por allí se os escurra.
(A los diablos flacuchos, de cuernos largos y retorcidos.)
Vosotros, truhanes fanfarrones, gigantes cabos de fila, en-
sayaos sin tregua asiendo en el aire. Estaos con los brazos
tendidos y las afiladas garfas al descubierto, a fin de agarrar la
voladora fugitiva. A buen seguro, se siente mal en la vieja
mansión, y el genio quiere lanzarse pronto arriba.
(Aparece a la derecha UNA GLORIA que desciende de lo alto.)

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