FAUSTO


¡existen ahora tantos medios para substraer las almas al
diablo...! En la antigua vía se dan tropezones; en la nueva, no
estamos bien recomendados. En otro tiempo, eso lo hubiera
hecho yo solo; ahora he de buscar quienes me ayuden. Todo
anda mal para nosotros; práctica consuetudinaria, antiguo
derecho, ya no puede uno fiarse de nada absolutamente.
Antes volaba el alma con el último suspiro; poníame yo en
acecho, y lo mismo que el gato con el más ágil ratón, ¡zás! ya
la tenía fuertemente cogida en mis garras. Ahora roncea y se
resiste a abandonar el lúgubre sitio, la asquerosa morada del
ruín cadáver, hasta que a la postre los elementos antagonistas
la, arrojan con ignominia, y entretanto yo me consumo horas
y días haciéndome la fastidiosa pregunta: ¿Cuándo? ¿cómo?
y ¿dónde? La vieja Muerte ha perdido su rápido poder, y aun
es dudoso por mucho tiempo si uno está muerto o si no lo
está. ¡Cuántas veces he mirado con afán los rígidos miem-
bros, y no era ello más que apariencia; el cuerpo se movía, se
meneaba otra vez! (Haciendo fantásticos ademanes de conjuro, a
modo de cabo de fila). ¡Sus! Venid acá. Redoblad el paso. Vos-
otros, señores del cuerno derecho, señores del cuerno
retorcido, diablos chapados a la antigua, aportad con
vosotros la boca del infierno. Cierto es que el infierno tiene
muchas, muchas bocas y engulle según conviene a la
condición y dignidad de cada cual; pero en este último juego
tampoco se andará con tantos repulgos de ahora en adelante.
(Ábrese a la izquierda la horrible boca del infierno.)
Entreabiertas están las mandíbulas; de la cavidad de las
fauces brota furioso un torrente de fuego, y en la hirviente

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