FAUSTO


¿Debes ir? ¿Debes venir? Le falta resolución. En medio
del camino trillado, vacila y anda a tientas con paso breve.
Extravíase cada vez más, todo lo ve a tuertas, y acaba por
hacerse odioso a sí mismo y a los demás, respirando y
ahogándose, no ahogado y sin vida, ni desesperado ni
resignado. Un tan incesante rodar, una abstención dolorosa,
un ingrato deber, ora libertad, ora opresión, un sueño a
medias, un mal refrigerio le clavan en su sitio y le disponen
para el infierno.

FAUSTO
¡Fantasmas funestos! ¡Ved ahí cómo tratáis mil veces al li-
naje humano! Aun los días indiferentes los transformáis en
odioso revoltillo, de entrelazados tormentos. De los
demonios, bien lo sé, difícilmente uno se libra; no hay medio
de romper el estrecho lazo espiritual, mas tu poder, ¡oh
Inquietud!, que se agranda de un modo imperceptible, no lo
reconozco.

LA INQUIETUD
Experiméntalo ahora que, maldiciéndote, me alejo de ti.
Los hombres son ciegos durante toda la vida. Al Presente
¡oh Fausto! sélo tú al fin. (Le sopla en el rostro y desaparece.)

FAUSTO
(Cegado). La noche parece penetrar cada vez más
profundamente, pero en mi interior brilla una luz clara. Lo
que yo imaginé, me apresuro a ejecutarlo. La palabra del

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