JOHAN WOLFGANG GOETHE


FAUSTO
(En el palacio). Cuatro he visto venir, y sólo tres veo
marchar. No pude comprender el sentido de sus palabras.
Ello sonaba cual si dijeran: Miseria, menguada suerte, y
seguía un lúgubre consonante: Muerte. Esto producía un
sonido cavernoso, ahogado, como la voz de un espectro. Por
más que luche, no he logrado aún la libertad. Si de mi
camino pudiera yo alejar la magia, si me fuera dado olvidar
del todo las fórmulas de encanto; si ante ti, Naturaleza, no
fuese más que un simple mortal, entonces valdría la pena de
ser hombre. Yo lo fui en otro tiempo, antes de buscar en las
sombras, antes de haber maldecido con una impía palabra a
mí y al mundo. Ahora está el aire tan lleno de tales fantasmas,
que nadie sabe cómo debe huir de ellos. Hasta cuando nos
sonríe un día lúcido y razonable, la noche nos enreda en una
trama de sueños. Volvemos regocijados de la verde campiña
y oímos graznar un ave. ¿Qué presagia tal graznido? Infortu-
nio. Envueltos tarde y temprano en las redes de la
superstición, todo son apariciones, avisos, presagios, y de tal
suerte atemorizados, nos encontramos solos... Rechina la
puerta, y nadie entra. (Sobresaltado). ¿Hay aquí alguien?

LA INQUIETUD
La pregunta requiere un sí.

FAUSTO
Y tú ¿quién eres, pues?



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