FAUSTO


furiosamente abrasado! Brillantes fulgores, parecidos a
lenguas de fuego, suben por entre las hojas y el ramaje, las
ramas secas, que arden chisporroteando, se abrasan presto y
se vienen abajo. ¿Por qué, ojos míos, habías de percibirlo?
¿Por qué debo yo tener una vista tan penetrante? Despló-
mase la capillita bajo el peso de las ramas caídas;
serpenteantes, las voraces llamas prenden ya en la cima, de los
árboles, y hasta su raíz arden los huecos Aroncos,
convertidos en ascuas rojas como la púrpura. (Larga pausa.
Canto). Lo que se recomendaba poco antes a la vista, ha
desaparecido con los siglos.

FAUSTO
(En el balcón, frente a las dunas). ¿Qué plañidero canto, viene
de arriba? Sobrado tardíos son aquí palabra y sonido. Mi
vigía prorrumpe en lamentos. En el fondo de mi corazón me
da grima este acto impaciente. Pero si desaparecieron los
tilos, sin quedar de ellos más que unos horribles troncos
medio carbonizados, bien presto queda construida una
atalaya para mirar en lo infinito. Desde allí veré también la
nueva morada que alberga a esa anciana pareja, que,
impresionada por mi generosa atención, goza placentera de
avanzados días.

MEFISTÓFELES Y LOS TRES COMPAÑEROS
(Abajo). Llegamos al trote largo. Perdonad. Eso no ha
sido de buenas a buenas. Hemos llamado a la puerta, la
hemos, aporreado, y nunca se abría. La empujamos, la

535

534