JOHAN WOLFGANG GOETHE




NOCHE PROFUNDA

LINCEO
(El vigía, cantando desde la atalaya del palacio.) Nacido para
ver, encargado de observar, sujeto por juramento a la torre, el
mundo me encanta. Miro a lo lejos, veo en la cercanía la luna
y las estrellas, la selva y el venado. Así, en todo percibo la
eterna belleza, y como ello me place, yo me plazco también a
mi. Lo que visteis, ojos afortunados, sea lo que fuese, ¡era en
verdad tan bello...! (Pausa). No estoy colocado tan alto aquí
sólo para recrearme. ¡Qué horrible sobresalto me amenaza
del mundo envuelto en tinieblas! Veo surgir centelleantes
chispas a través de la doble noche de los tilos. Cada vez más
violento se aviva un incendio atizado por la corriente de aire.
¡Ay! Arde el interior de la mohosa y húmeda choza. Claman
pronto auxilio, y ningún medio de salvación se vislumbra.
¡Ah! ¡los buenos ancianos, en otro tiempo tan cuidadosos
del fuego vienen a ser presa de densa humareda! ¡Qué
horrible suceso! Resplandece la llama; roja y hecha un ascua,
sostiénese la negra armazón enmohecida. ¡Si al menos
aquellas buenas gentes se hubiesen salvado de ese infierno

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