FAUSTO


(A Fausto). Con frente adusta, con mirada sombría te
informas de tu soberbia fortuna. Coronada está la alta
sabiduría; la ribera está reconciliada con el mar; de la ribera
recibe el mar con agrado las naves para una rápida travesía.
Confiesa, pues, que aquí, aquí desde el palacio, ciñe tu brazo
el orbe entero. Todo arrancó de este sitio; aquí se erigió la
primera casa de tablas; abriáse una pequeña zanja allí donde
ahora el remo diligente hace saltar el agua. Tu alto
pensamiento, la solicitud de los tuyos, merecieron el galardón
del mar y de la tierra. Desde aquí...

FAUSTO
¡Ese aquí maldito! Eso justamente es lo que pesa de una
manera enojosa sobre mí. Fuerza es que te lo diga, tú que tan
diestro eres: eso me da en el corazón golpe tras golpe; eso no
lo puedo, sufrir. Y me sonrojo al decírtelo. Los viejos de allí
arriba debieran marcharse; yo desearía para mi residencia el
paraje donde hay los tilos. Aquellos pocos árboles que no
son míos me desbaratan la posesión del mundo. Allí, para
explayar la vista a lo lejos en todo el contorno, quisiera
construir tablados de una rama a otra; quisiera abrir a la
mirada un vasto campo para ver todo cuanto hice, y abarcar,
con una sola ojeada la obra maestra del ingenio humano, que
se ha manifestado en la sensata idea de ganar a las aguas una
vasta extensión de tierra destinada a habitación de las gentes.
Así es que del modo más cruel nos atormenta el sentir, en el
seno de la opulencia, la falta de una cosa. El sonido de la
esquila, el perfume de los tilos me envuelven como en la

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