JOHAN WOLFGANG GOETHE


prolongado depara al anciano la pronta actividad de una
breve vigilia.

EL VIAJERO
Di, buena mujer: ¿eres tú la misma, para recibir aún mis
gracias por lo que en otro tiempo hiciste, junto con tu
marido, para salvar la vida de un joven? ¿Eres tú Baucis,
aquella que solícita refrigera la casi expirante boca?
Entra EL MARIDO

EL VIAJERO
¿Eres tú Filemón, aquel que tan esforzado arrancó mi
tesoro a las olas? Las llamas de vuestro fuego vivo, el son
argentino de vuestra esquila... Sí, a vosotros estaba confiado
el desenlace de aquella horrible aventura. Y ahora, permitid
que me adelante, que contemple el mar sin límites; dejad que
caiga de hinojos, dejadme orar. ¡Tengo tan oprimido el
pecho...! (Avanza sobre la duna.)

FILEMÓN
(A Baucis). Apresúrate a poner la mesa en el sitio más
ameno y florido del pequeño jardín. Déjale que corra, deja
que se asombre, pues no cree lo que está viendo. (Sigue al
Viajero y se coloca a su lado). El mar que tan fieramente os
maltrató, ola tras ola, espumando bravío, veislo transformado
en jardín, en un cuadro paradisíaco. Ya más viejo, no estaba
yo en aptitud ni era capaz de prestar ayuda como antes, y
cuando decayeron mis fuerzas, la ola estaba ya lejos también.

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