FAUSTO


hombre suspira por los arroyos de la vida, ¡ah! por la Fuente
misma de la vida.
No gruñas, perro. Esa voz animal no puede armonizar
con los sa-grados acentos que al presente embargan mi alma
entera. Estamos habi-tuados a que los hombres hagan burla
de lo que no entienden, y mur-muren a la vista de lo bueno y
lo bello, que a menudo les causa enojo, y a ejemplo de ellos,
¿quiere el perro gruñir a eso?
Mas ¡ay! pese a la mejor buena voluntad, no siento ya el
contento brotar de mi pecho. Pero ¿por qué ha de agotarse
tan presto el manan-tial dejándonos sedientos otra vez? ¡De
ello tengo yo tanta expe-riencia... Esta falta, empero, permite
ser compensada, pues, aprende-mos a apreciar lo que está
más alto que la tierra, suspiramos por una Revelación, que en
ninguna parte brilla más augusta y bella que en el Nuevo
Testamento. Siéntome impulsado a consultar el texto
primitivo, a verter con fiel sentido el original sagrado a mi
amada lengua alemana.
(Abre un libro y se dispone a trabajar.)
Escrito está: "En el principio era la Palabra"... Aquí me
detengo yo perplejo. ¿Quién me ayuda a proseguir? No
puedo en manera alguna dar un valor tan elevado a la
palabra; debo traducir esto de otro modo si estoy bien
iluminado por el Espíritu. Escrito está: "En el principio era el
Pensamiento..." Medita bien la primera línea; que tu pluma
no se precipite. ¿Es el pensamiento lo que todo lo obra y
crea... ? Debiera es-tar así: "En el principio era la Fuerza...".
Pero también esta vez, en tan-to que esto consigno por

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